Jabón, veneno

A L.

Mi piel, sonrosada y frágil,
se abre, dando paso a
los tonos rojizos que
jamás habría esperado ver,
concientes de su timidez y delicadeza
con patrones en tela de centinela.

Y aunque a simple vista soy el culpable,
no has de olvidar que los demonios
despiertan por otros rostros,
voces, gritos y falsas acusaciones.

Si elevas la voz, o niegas la expulsión,
los culposos sentimientos despiertan
y se pasean por el veneno
que a mis manos tortura.

¡Oh, querido mío, por favor!,
sálvame de ellos, ven y abrázame,
que tus armas han sido los mejores calmantes.

Día a día procuro,
no sin burbujas en las mejillas,
que no sean ellas ni nada,
la causa de mi gran y miserable desgracia.

¡Oh, qué haría yo sin tus labios?,
que parecen beberse cada gota
de la ira y ansiedad frustrada
creada por los dichosos míos,
incredulando lo debido dicho.

Dichosos todos,
que jamás han padecido, y jamás padecerán,
lo que de tortura y desgracia
expande las frías quemaduras de mi vida.

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