Cuando redescubrí que todo iba a estar bien

A L.

Desde que desperté, hasta tarde, lo había pasado mal, la ansiedad, mi torpe inseguridad, los nervios y la tristeza prevalecían en mi corazón. Suspiraba por que llegaran las ocho y pudiera reencontrarme por fin con la chispa de esperanza que tiene mi vida. ¿La chispa? Quise decir, el motivo, mis fuerzas, las ganas, mi todo. Se trata nada más y nada menos que de mi prometido, cuyo nombre no mencionaré, pero al que describiré como poeta y amante ya no prohibido.

Este no había sido el primer día en que mi estado de ánimo se veía por los suelos. El mismo desgano estaba jugando entre los días de las últimas dos semanas, decidiendo cuándo podía estar tranquilo y cuándo no. Harto yo de estos demonios, decidí de una vez por todas acudir con un profesional, no sin comentarlo antes con el cálido corazón que por fin había llegado a casa.

Grande fue mi sorpresa al darme cuenta de que había reído y actuado con una alegre naturalidad por más de dos horas sin percatarme de ello. Así que, entre lágrimas felices, y decidiendo sobre unos eventos próximos, decidí contárselo de empujón. Le vi, en un principio, asustado, le vi sorprendido, le vi preocupado, le vi hasta con miedo.

¡Oh, grave error fue decírselo cuando, tras hablar un poco de mis vagos sentimientos del día, descubrí que estos ya se habían esfumado! ¿Dónde estaba mi inseguridad? ¿Y mi ansiedad? ¿Por qué no podía evitar sonreír? Ahora solo tenía en mi alma conmoción, y fue esta, combinada con las palabras de mi chico, quien se encargó de llenar a tope mi corazón.

Ya pasaban las doce y media y él tenía que despertar antes de las cuatro. Si algo le identifica de toda la vida, es que cuando muere de sueño y siente tranquilidad en su alma, empieza a escribir como un bobo. Este no era el caso. Yo estaba consciente de que moría de sueño, y se veía reflejado en los intérvalos de respuesta, pero sus palabras aún eran coherentes, y demostraban bastante interés.

Él se había quedado hasta que no le quedó duda alguna de que yo me sentía mejor. Me prometió que todo estaría bien y se despidió, pero el muy menso se quedó dormido con el celular encendido. ¿Puede el lector predecir cómo me sentí ante tal imagen en pantalla? Él me había entregado hasta su última chispa de energía, y además había sacrificado valiosas horas de sueño que pronto le costarían el rendimiento en su trabajo, solo por la preocupación de que yo estuviera bien.

En algún momento de la noche se disculpó. Me sentía culpable de que se sintiera culpbale. No sabía cómo hacerle entender que él no había sido la causa, o al menos un influyente, de mis malos pensamientos. Lloré, lloré mucho esa noche. Lloré porque redescubrí que esa persona se preocupaba por mí. Lloré porque redescubrí que llevaba meses siendo tan feliz, y que estaba entristecido por una tontería indefinida. Lloré porque había estado desperdiciando tiempo pensando en lo que no debí.

Él respetaba mi decisión, quería buscar ayuda también. Creía que las opciones se le terminaban y que sus palabras no harían refuerzo alguno a mi estabilidad. De lo que él no estaba consciente, pero yo sí, es que ya estaba sonríendo de nuevo, su pura presencia sanaba mi alma y sus palabras la acariciaban suavemente, haciendo que con los minutos me sintiera mejor y mejor.

Parece que solo fue uno de mis caprichos, ¿verdad? Pues no es así. Yo estoy convencido de que él tiene poderes especiales que me hacen sentir mejor. Como ya he dicho, no llevaba un día triste, sino muchos, y la conmoción del momento me hizo sentir una paz y tranquilidad que en mí no vivía desde hacía ya algún tiempo. Tan rápido como pude, saqué una fotografía suya y le agradecí con lágrimas en el rostro. ¡Oh, amor mío, mi salvador, habías dado con lo que necesité desde un principio!

Soy una persona que padece mucho de ansiedad, constantemente se ve reflejado en mis conductas, e incluso un poco en mi imagen corporal. Se lo he dicho, lo he platicado con un pesar y vergüenza justificados, pero él siempre sonríe y me dice: ¿Entonces cómo yo de ti me habría enamorado?

Él me quiere tal y como soy. Ignora mis defectos, ignora mis errores, y a pesar de mi insistencia, él sabe que realmente no son, sino, peculiaridades, y que ellas forjan a la persona de la que se enamoró. Sí, a veces lavo excesivamente mis manos, y mantengo en perfecto orden mis libros. Releo párrafos, y constantemente reviso que todo vaya según lo planeado. Pero eso es, para él, pura ternura y peculiaridad.

¿Cuánto he de amar a esa persona? Solo sé que ni siquiera una vida entera me bastaría para demostrarlo. Así que concluyo recordándole a ese lector especial que es muy importante para mí, y que le estoy muy agradecido por haber sido tan paciente y atento a lo largo de la relación. Tú mismo te habrás dado cuenta, por la lectura, de que yo sin ti estaría perdido.

Gracias por todo, mocoso. Me has salvado una vez más la vida.

(…) Los puntos suspensivos significan que algo no termina, lo nuestro es como ellos, lo nuestro es infinito.

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