La gloria

La gloria

Palm Beach, 20 marzo

Pienso, desde hace algunos días, en la gloria. Me gustaría llegar a ser famoso; me gustaría aún mucho más que mi nombre quedase, por decenas de siglos, en la memoria de los hombres.

¿Es necesario haber nacido grande para sobrevivir en la historia? No lo creo. Pero es necesario, sin embargo, hacer algo enorme y singular, que no pueda ser olvidado.

Empresa ahora difícil. Todo ha sido ya hecho.Se ha ido a los dos polos; el Atlántico ha sido atravesado en vuelo; hay quien ha dado la vuelta al mundo en barca y quien la ha dado a la pata coja. Las gestas asequibles a los mediocres provistos de medios y de resistencia han sido realizadas. Los antiguos trucos me están vedados. ¿Escribir un poema? No lo conseguiría. ¿Gobernar un Estado? No me siento capaz; además no sería suficiente. ¿Crear una nación? ¿Y dónde están ahora los pueblos esclavos, las razas divididas? Tal vez en África, entre los negros: no me entusiasma bastante. ¿Hacerse caudillo de una revolución? ¿Y dónde? ¿Y por qué? Para semejantes aventuras se requiere un místico, un optimista, un poeta. Yo no amo a los hombres, y no sabría con qué palabras levantarlos. ¿Ser un héroe en la guerra? La guerra ha pasado y cuando se desencadene otra seré viejo o estaré muerto. Y en las guerras anónimas, de aniquilamiento, no es fácil hacer el héroe de los monumentos, ni el inventor de las estrategias.

Se puede obtener la notoriedad momentánea con poca fatiga, con una extravagancia cualquiera, idiota o ingeniosa, pero no es eso lo que busco: desearía la gloria a la manera antigua —disfrute perpetuo—, la de un David, de un Sócrates, de un Newton, de un Napoleón.

Podría, como tantos imbéciles de esta época, bailar tres días seguidos, volar durante tres semanas, casarme con una china centenaria. ¿Y luego? Algunas líneas en los periódicos, una fotografía en las revistas ilustradas y, después de una semana, silencio y olvido.

Para hacer un gran descubrimiento soy demasiado ignorante; tampoco sé pintar ni componer música. Si regalase todos mis millones al primero que se me presentase, sería tomado no por un santo, sino por un prodigio o por un loco, y tal vez encerrado.

Queda el delito, pero también este medio de conquistar la fama es arduo y aleatorio. Si incendiase la central de Nueva York no me haría célebre como Erostrato. Y sería un plagio vulgar que me costaría, probablemente, la libertad.

Sería preciso un delito monstruoso y original, que quedase en la memoria de la Humanidad como algo único. No tengo escrúpulos, pero tampoco fantasía. Inventar un delito absolutamente nuevo, después de tantos siglos en que los hombres se torturan y se asesinan, no está al alcance de todos. No bastan una inteligencia superior, la abundancia de dinero y la total falta de prejuicios: es preciso la intuición mágica de lo nunca visto, la potencia de un espantoso genio. Y esto son cosas que no se compran ni se provisan. Sin contar que el resultado puede ser, en vez de la fama eterna, la breve popularidad de la silla eléctrica.

Podría intentar el camino opuesto: el del bien. Algunos santos, algunos filántropos, gozan de una fama duradera y de primera magnitud. Pero no me atrevo a verme entre los leprosos o a hacer una campaña para la redención de los salvajes. Mi amor por los hombres sería falso, hipócrita y por eso ineficaz. Mi instinto es hacer daño más que socorrer.

Y, sin embargo, no estoy resignado a la oscuridad definitiva, al hundimiento en el silencio. He pensado en comprar un descubrimiento o una obra maestra a un genio pobre, y apropiarme, con el fraude, la gloria. Pero un genio ya famoso no consentiría este mercadeo y, por otra parte, para reconocer un genio futuro entre los desconocidos, es preciso tener una especie de genio: por lo menos el de la profecía. Y este, ¿no se vería tentado después a revelar su venta y desenmascararme? Sin contar que de un hombre grande se esperan nuevos y continuos milagros y yo no podría, por mí solo, producirlos.

¿Construir un monumento colosal y milagroso que pueda resistir los milenios y los cataclismos? Pero se haría célebre el nombre del monumento y el de los artistas que lo hicieran: solamente los eruditos sabrían el nombre del que lo pagó.

He consumido más de la mitad de mis años para conquistar la riqueza y me doy cuenta de que no es verdad aquello que me repetía, en San Francisco, en mi primer patrón, Joe Higgins: todo se puede obtener en el mundo con una determinada cantidad de dólares. ¡Con todos mis millones no consigo divertirme ni tampoco hacerme célebre! Temo que, al fin, mi vida no haya sido más que un pésimo negocio.

– en Gog, por Giovanni Papini.

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