Andando por el sendero a los sueños

A L.

La tarde la habíamos pasado buscando libros y jugando billar en la plaza del sur, el sabor a palomitas aún permanecía en mi boca y los pies me dolían de tanto caminar, los zapatos me apretaban un poco y no habíamos tenido dinero para tomar un autobús.

Él salió del baño, estaba bostezando y se tallaba únicamente el ojo derecho, podía notar, por pequeños detalles en su rostro, que tenía demasiado sueño. Yo no era la excepción, estarlo esperando en la cama, buscando un canal interesante que ver antes de dormir, me había adormilado al punto de empezar a sentir un gran peso en los párpados.

—Hazme un campo, chiquillo.

Me recorrí un poco a la izquierda, sin levantarme, y acomodé nuestras almohadas como pude. Al parecer, mis movimientos habían sido tan torpes y en vano, que las tomó y las acomodó de nuevo por el lado frío, procurando no molestarme ni tener que levantarme. Se acostó.

—Ven, ven.

Me acerqué y pegué mi sien a su pecho desnudo, luego, puse mi brazo sobre su abdómen en intento de abrazarlo, y presté atención al noticiero que pasaba un reportaje sobre algunas problemáticas urbanas.

—¿Pusiste las noticias? —preguntó asombrado.

—No encontré nada más interesante, estuve un rato buscando el canal de películas del que me hablaste.

—Yo lo busco, pequeño, pásame el control.

Busqué el control con mi mano izquierda debajo de la almohada y, al sentirlo, se lo pasé, volví a abrazarlo y, luego de hacer un esfuerzo por no cerrar los ojos, sentí que mis gafas se deslizaban y que mi rostro empezaba a perder la sensación de fragilidad que ellas traen consigo.

Las luces estaban apagadas, el ventilador, al lado de la televisión, nos refrescaba y nos hacía buscar hasta el más pequeño rastro de calor en el cuerpo del otro, me gustaba esa sensación, me gustaba sacar los pies descalzos por debajo y rozarlos con las sábanas y con los suaves pies de mi chico.

—¿Sabías que aparecí en la televisión local de mi pueblo cuando tenía dieciséis?

—Lo supe, pero nunca me enteré con detalles.

Él empezaba a contarme sobre los festejos anuales de su pueblo, y yo, con los ojos ya entrecerrados, hacía mi mayor esfuerzo por ponerle atención, pero ya me era imposible. La poca conciencia que tenía se perdía en un viejo recuerdo de mi infancia, a cuando por las noches tenía pesadillas y corría con mi madre, la misma que encendía el noticiero y me abrazaba hasta quedarme dormido.

Este arrullo me llevaba al pasado, me hacía vivir el presente y me inspiraba a querer un futuro a su lado. Él seguía hablando a pesar de saber que yo ya no podía más, él sabía que su voz me llevaba de la mano al mundo onírico y me hacía tener los más dulces sueños, él no tenía que deséarmelos, él era quien me dirigía a ellos.

Y cuando menos me di cuenta, la televisión estaba apagada, y podía escuchar su lenta y tranquila respiración que por fin descansaba, ambos viajábamos ya, sin ninguna clase de obstáculo, al mundo onírico en el que solo él y yo existimos, el mundo al que por siempre perteneceremos.

Anuncios

4 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s